La palma de la mano

Un acercamiento personal que intenta descubrir los valores más sugerentes y perdurables de Cuba y su cultura.

ESCRITOR DE EPITAFIOS

Por Luis Sexto

El pasado adquiere en la vida humana  el espacio recoleto y la naturaleza desordenada de un desván. Lo sabemos: hacia ese cuartucho va lo que ya parece que no sirve, hasta tanto, un día, en alguna búsqueda apremiada, o por el indolente escarbar de quien poco tiene que hacer, hallamos una pieza que nos sorprende y nos hace decir: Pero cómo yo me deshice de esto…

Podrá ser discutible el hipotético episodio, mas ello ocurre con frecuencia en la literatura y el periodismo.  Una frase lo resume: Ese autor o ese estilo  están demodée, como dicen los cultos en un “afrancesamiento”  que les confirma, o les calza,  la cultura, aunque muchos no lo comprendamos. La moda, por tanto, cobra las prerrogativas de un talismán que nos ubica por encima de lo pasado, aunque por momentos uno admita que lo que está de moda no es superior a lo que se ha puesto fuera de sus límites.

Lo dicho es a propósito de un periodista sacado del baúl por Laidi Fernández de Juan, en un libro con el sello de Ediciones Unión y fechado en 2004,  titulado Estampas, y cuyo autor Eladio Secades, nació en La Habana, 1908, y falleció en Caracas, 1976. La primera característica de Secades es su estilo. Al menos  en Estampas –columna  que publicó en Alerta, Bohemia, también en el Diario de la Marina, durante  las década de 1940 y1950 con el nombre de Estampas de la época- emplea el llamado estilo analítico, o cortado, como también se le llama actualmente, que dicen que introdujo Azorín en nuestra lengua, pero a mi parecer lo anticipó  José Martí en su Diario de Campaña un poco antes que  o paralelamente con el español, aunque Azorín hizo notar que en los 1700 el cura de Río Frío, con tiempo suficiente para reflexionar mientras cabeceaba en aquel pueblucho donde cumplía su destierro madrileño, escribió como un manual de redacción y recomendaba a los escritores, en tiempos de tortuosa prosa  barroquista, que usaran mucho el punto y seguido.  

La tendencia de la prosa en Cuba durante el siglo XX es la  analítica, asumida por Carpentier -al menos en su periodismo-, Raúl Roa,  Jorge Mañach, Mita Aguirre, entre otros. En todos ellos predomina, armónicamente combinada con otras menos breves, la oración corta, yuxtapuesta mediante el punto y seguido. Quizás exagere, pero la mayoría de cuantos  han poseído un estilo en las letra cubanas, se han distinguido por la construcción rítmica, entrecortada, como las percutientes palmadas sobre el cuero de una tumbadora. A mi parecer, la llamada frase breve corresponde a nuestro  carácter nacional, a nuestro  ritmo y respiración. ¿Cómo caminamos los cubanos? ¿Cómo hablamos? Siempre estamos apurados y hablamos en ráfaga. Desde luego, no siempre es exacta la analogía.

Secades, sin embargo, emplea el estilo cortado hasta  la máxima tensión.  Y por esa causa a veces deriva en la monótona recurrencia  de  oraciones muy breves, sin  ninguna coordinación gramatical, bajo  la dictadura del punto y seguido. “El pesimista es un señor que cree que las sombras son el atributo del mañana. Ser pesimista es un modo de ser neurasténico. Sin darse cuenta. Como los decoradores interiores. Que tienen la pretensión de que son arquitectos. Pero son modistos. También sin darse cuenta”.

¿Y qué  salva a Secades y a sus estampas de la pesadez de enunciados  tan monocordes como golpes de martillo? Lo salva el humor con que expresa  esas Estampas. Un humor tejido con las agujas finísimas de su definir y describir. Y por ello,  su humor no se empalma con la astracanada, ni con el chiste ingenioso, pero visible; parte de la misma situación, de las definiciones de personajes y sus actos. Cuando uno cita, por ejemplo,  el fragmento del “guapo criollo” se percata de que  Secades  es un costumbrista bendecido por la capacidad humorística: “Los cubanos nos dividimos en dos bandos: los que se fajan y los que no se fajan”.  Su costumbrismo se ríe de todo lo que critica, de una manera muy sutil, muy irónica, tratando de poner en ridículo  la costumbre y al que practica la costumbre. “Para que la radio sea un vehículo de arte, hace falta el anuncio. Es decir, quien lo pague. Un barítono es capaz de aumentar la venta de las pastillas para el hígado”.  

El hecho de que tú leas hoy una  de las estampas de Secades y te parezca que te está retratando algo que tú conoces, es uno de los valores permanentes que lo empalman con nuestra tiempo y con el periodismo literario.  Hemos de considerar  también el nivel tropológico. Secades se caracterizó por una original tropología; recuerdo que estando él en México, leí una crónica suya sobre una pelea de boxeo donde participaba Casius Clay. Nunca me he olvidado de esa crónica porque definía que el campeón, según lo recuerdo, era un “elefante que flotaba en el cuadrilátero”. ¡Qué manera más literaria de decir que era un ligero peso pesado! En el cómo decimos las cosas es cuando, sobre todo, los periodistas nos empezamos a acercar a la literatura.

Resumiendo, el  estilo de Eladio Secades es único; nadie después lo hizo así, tan marcado, salvo Joaquín Ortega, nuestro contemporáneo. Se arriesgaba a sonar monocordemente, porque algún propósito  perseguía con ese rasgo estilístico tan jadeante. Sin embargo, sus páginas  sobre deportes no las escribía a la manera del tic tac de un reloj, o como gota de agua sobre un techo de cinc; sin emplear el estilo periódico, alternaba la longitud de las frases, y mezclaba la yuxtaposición con la coordinación mediante recursos oracionales. Veamos: “Ante la creciente alarma de los aficionados, de los críticos y de no pocos empresarios de espectáculos deportivos, no se ha podido contener en Norteamérica la epidemia de sobornos a los atletas  profesionales y amateurs. Prosiguen los arreglos hábilmente concebidos por apostadores de oficio. Con insistencia periódica se descubren otros escándalos en boxeo y en el vasto mundo de las carreras de caballos, pero lo que más desconcierta y asombra en ese proceso de “tongos”  convertidos en sistema es que se producen con mayor intensidad y desprecio a la moral…”  Hasta dónde alcanzan mis lecturas, sólo en las Estampas  contrajo tanto su estructura oracional.

Con el estilo analítico trata  de ser inapelable; busca escribir a machetazos, para trazar sobre sus objetos las zanjas de lo definitorio. Por ejemplo: “Las ciencias ocultas son el método de explicarles el futuro a los que no tienen presente”. Frase lapidaria. Y con esa dimensión capsular escribió sus estampas. ¿Sabía lo que buscaba?  Quizñas no se percató que había inventado en sus estampas un muestario de  epitafios para  su época, época que, como todas, desaparecería.



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ENTREVISTADOR ENTREVISTADO (FINAL)

 Por Luis Sexto

RESPUESTAS A PREGUNTAS DE ESTUDIANTES

Periodismo de agencias

¿Qué influencia han tenido las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación en la elaboración de los textos en la agencia?

En este sentido, me parece que han acelerado la confección y transmisión de los servicios de las agencias de noticias. Hasta hace poco, la rapidez se consideraba como la principal fuerza de una agencia: la que llega primero, domina el espacio. Recuerdos mis días en Prensa Latina: todos lamentábamos que la velocidad de nuestros teletipos fuera risible. Sin embargo, los mejores trabajos, sobre todo los de fondo –crónicas y comentarios- alcanzaban impactos, en particular los culturales. En esa época, la redacción de cultura estaba compuesta por periodistas muy competentes, capaces de escribir creativamente y llenar de interés cualquier despacho. Me refiero, entre otros, a Marilyn Bobes, Anubis Galardy, Lídice Valenzuela. Eso demostraba que no por mucho correr se llegaba más temprano.

¿Qué opina del empleo de elementos más literarios y creativos en el trabajo de la agencia?

Como en cualquier otro medio, las agencias de noticias tienen a su disposición géneros e instrumentos periodísticos para ofrecer enunciados beneficiados por la creatividad. Descartemos la impersonalidad necesaria en las notas informativas, pero ¿por qué un comentario o una crónica, una entrevista o cualquier servicio especial tienen que estar marcado por un estilo formal, seco, falto de interés estilístico? A veces se actúa así por influencia de conceptos empobrecedores; en otro nivel, las facultades de los periodistas ejercen un papel limitador de la creatividad. En una época, Prensa Latina, por ejemplo, tuvo entre sus redactores a García Márquez, Galeano, Sergio Pineda, Luvis Pedemonte, Ángel Ruoco, periodistas latinoamericanos que convertían cualquier cosa en un enunciado interesante; ellos no cabían en un código que proscribía, en nombre de la claridad y el escribir “para las masas” el aporte creativo. Entre los cubanos, puedo mencionar a Ángel Boán; a Ricardo Agacino en deportes; también a Elmer Rodríguez, que escribió brillantemente de deportes y de cuanto tuvo necesidad. Se quedan algunos sin nombrar. Pero, me parece, que las mismas nuevas tecnologías obligan a un periodismo más sugerente, tocado por la mano del rey Midas. Además, cómo competir con la imagen de la TV y de Internet si no es con imaginación y buen gusto.

¿En qué medida puede afectar o no la asunción de nuevos estilos de redacción la elaboración de los cables de la agencia?

Creo que ya he respondido. Trabajé en una agencia durante unos años, y me parecía estar en una caldera donde el idioma y la técnica del periodismo se reducían a un mínimo incapaz de interesar. Para mí, el cable puede resultar una obra de arte: un cable es un círculo cerrado, sin protuberancias, regido por la armonía. Desde luego, el cable noticioso ya necesita desechar el lead clásico: el quién, el qué, el dónde y el cuándo. Con esos términos, el estilo no progresa. Esos elementos, dado el desarrollo de la tecnología, se quedan cortos.

¿A quién prefieren hoy los editores de los medios que consumen el producto de las agencias: al despacho que llega primero o al que presenta el lead más imaginativo?

Viendo las cosas en desarrollo, ya me parece que sobran las limitaciones estilísticas y técnicas que el lenguaje cablegráfico impuso durante casi un siglo a las agencias de noticias. Con la redacción y la transmisión digitalizadas, no hay lenguaje cablegráfico.

¿Emplea la agencia elementos referenciales (antecedentes, background, contexto, etc.)?

Si no los empleara, no sería una agencia fiable. Las agencias pueden trasmitir un primer despacho, el flash, el urgente, pero luego ha de seguir la información enriquecida, eso que José A. Benítez llama noticia integral. La noticia se aprehende cabalmente cuando el lector o el oyente saben por qué pasa lo que pasa, qué hechos anteriores lo condicionan. Me parece que esa es la mejor técnica para ganarle la competencia a la TV y la radio. El archivo tiene que ser el mejor colaborador de una agencia de noticias.

¿Qué importancia le confiere al empleo de las fuentes en el trabajo de la agencia?

 Las fuentes son la base del crédito de la agencia. Ninguna información que no provenga de fuente fiable podrá ser difundida, salvo que la agencia sea lo suficientemente poderosa como para afrontar el descrédito de una falsedad o de una rectificación.

¿Emplea la agencia elementos estilísticos (metáforas, adjetivos, hipérboles, etc.)?

El uso de los recursos tropológicos o de la adjetivación ha de depender del género. Tal vez una nota informativa carezca de ellos, salvo cuando son útiles como elementos gnoseológicos, es decir, que ayuden a esclarecer el mensaje. Pero un servicio especial, una nota comentada pueden tolerar cierta elaboración del estilo. ¿Quién sostiene ya que el lenguaje de las agencias necesita carecer de ropas de domingo?

¿Cómo manejan la intencionalidad de la agencia en relación con la forma de escribir y la creatividad?

Me parece que la creatividad coadyuva a escribir con intencionalidad. La intencionalidad no estorba a la creación. Porque escribir persiguiendo una intención no consiste en grosera manipulación, sino en el énfasis subliminal, sugerente.

¿Qué papel confiere a las agencias: el de suministradores de contenidos o con la capacidad para ser considerados medios de comunicación?

Las agencias son medios que se replican en otros medios. Son suministradores de noticias: son canales y codificadores cuya virtud consiste en reproducirse. Son, en esencia, intermediarios entre los medios y las fuentes, y son a su vez medios propulsores. Vayamos a la analogía del béisbol: las agencias son como el lanzador: el bateador solo relanza la bola que aquel lanzó primeramente.

¿A qué cree que se deba la existencia de tan pocos estudios sobre el trabajo de las agencias cuando son empresas de más de un siglo y medio de experiencia?

Han aparentado vivir en un mundo profesional aislado, hermético, ajeno al resto de los medios, aunque trabajan para ellos. La tradición y el tabú las ha debido congelar en la ejecución de un periodismo frío, inexpresivo, casi aséptico creativamente.

¿Qué relación existe entre lo establecido por el libro de estilo de la agencia y lo que los periodistas hacen en la realidad?

Casi todas las limitaciones, de acuerdo con mi experiencia, provienen del libro de estilo. El resto depende de la escasa creatividad que este libro exige y de la rutina que se apodera de la generalidad de los periodistas. A veces, un periodista inclinado a la originalidad tiene que romper una muralla enorme de conceptos caducos, que perduran en nombre de la tradición estilística. Es el reinado de las normas.

¿Qué estilo es el que prevalece en la agencia: el informativo, el interpretativo o existe un mayor a pego por la creatividad? ¿A qué cree que se deba?

Predomina, al menos en mi tiempo predominaba, el informativo, aunque por su técnica despersonalizada se mezcla con el interpretativo. Como promedio, el creativo, no existe hasta hoy, salvo en algún talentoso periodista, decidido a resistirse a la mediocridad.

¿Cuáles normas estilísticas se propugnan en el trabajo de las agencia?

En los años de mi servicio: Impersonalización de los textos, exceso de concisión, la extraña noción de escribir en un lenguaje que sirviera para todos los tipos de lectores.

¿Cree que la agencia avanza o trabaja en correspondencia con las transformaciones de periodismo de nuestro tiempo?

Hace muchos años que no estoy en una agencia, pero por lo que leo, siguen apegadas a la línea que les impone la tradición. La creatividad tiene poco espacio.

¿Cómo ve la relación periodismo -literatura en las agencias?

Inexistente. Proscrita. Maldita.

¿En qué criterios debe sustentarse la creación, acaso en el aspecto temático?

El tema no debe de ser incluido en la relación periodismo-creatividad. El tema viene impuesto por las circunstancias y por la definición de los fines de la agencia y las valoraciones periodísticas. La relación ha de basarse en el enriquecimiento formal, que incluye la profundidad y la diversidad de aristas. Por ejemplo: ¿continuarán las agencias presentado sus despachos mediante el lead clásico de quién qué, cuándo y dónde, en un mundo donde esos valores protagónicos de la noticia suelen llegar tarde e inexpresivamente. La imaginación creativa en las agencias tiene que afrontar mediante el trabajo del estilo y la técnica, el desafío de las imágenes. Me parece que las agencias tienen que ocuparse de contar historias circunstanciadas, de modo que logren interesar desde los editores de los medios a los lectores.

Calidad periodística

A su juicio, ¿cómo podemos conceptuar la calidad periodística?

Evidentemente, el periodismo no le queda más opción que ser eficaz y efectivo, para cumplir su función básica de informar sobre la actualidad inmediata. Su ley fundamental exige conquistar al lector, al oyente o al televidente. En otras sociedades se habla de manipular. Nadie lee, oye o ve obligatoriamente, salvo contados casos. Por tanto, no podemos excluir cierta base subjetiva en la medición de la calidad de un enunciado periodístico. No existe un aparato mecánico capaz de arrojar un resultado completamente objetivo. Por ello, los instrumentos a nuestro alcance: los principios de la técnica y el estilo del periodismo (categorías lingüísticas y estilísticas), van de ser empleados, habitualmente, por una conciencia marcada por la subjetividad, en la cual, incluso, operará el gusto. De ahí que ciertos lectores digan que este periodista les gusta y este otro no. Ahora bien, si un enunciado periodístico cumple las condiciones básicas, que yo reduzco a tres: claridad, concisión y construcción interesante, y si en él se pueden “sentir”calidades de ritmo, tono, armonía, además de profundidad y precisión en el contenido, podríamos decir que estamos recibiendo un periodismo satisfactorio, eficaz.

¿Considera que resulta pertinente evaluar la calidad periodística desde la perspectiva del uso de las formas elocutivas y la manifestación de los valores-noticia?

Me parece que no hay otro modo de evaluar la calidad periodística que no sea en sus formas elocutivas, como dices, y en sus valores noticiosos, informativos. ¿Cuál es el instrumento básico: la palabra, y la imagen en otros medios. Los periódicos impresos usan diseño y fotografía, pero ello nos remite a una integralidad que no es imprescindible. Todo el juicio, por supuesto, se resuelve e una evaluación técnico estilística. Veamos un ejemplo: las notas oficiales que los periódicos cubanos ya reproducen tal y como llegan de los organismos del Estado. El defecto más generalizado en ese tipo de enunciado es su alejamiento de la técnica y del estilo del periodismo más elemental; comúnmente no respetan la técnica en que se priorizan los varios elementos informativos, y no suelen resultar claros, mucho menos concisos y por supuesto carecen de toda naturalidad estilística. Es evidente: resulta imprescindible hacerle al periodismo un análisis que tenga en cuenta sus aspectos morfo- sintácticos, léxicosemánticos, fonológicos y tropológicos, como, digamos, se les aplica a un poema, un cuento o una novela; además, desde luego, del aspecto técnico y metodológico: datos básicos, síntesis, estructuras, formas narrativas, enfoques críticos, etcétera.

¿Qué otros elementos pueden tomarse en consideración para sustentar que un reportaje posee determinada calidad periodística?

Me parece que a un reportaje hay que evaluarlo con todos los instrumentos del periodismo: esos que he nombrado y se relacionan con la técnica de los géneros, el estilo transpersonal o colectivo correspondiente a la formación estilística de trabajo periodístico (claridad, concisión, interés), las técnicas narrativas (acción, trama, diálogos, descripción, puntos de vista), la metodología investigativa y el método crítico dialéctico de valorar y reflejar la realidad. El talento del autor y su cultura particular y general son valores agregados: será superior el enunciado en la medida que el periodista se apropie creadoramente del instrumental técnico estilístico. De ahí, que lo que escriba García Márquez puede ser superior a lo que escriba otro que no se llame así. Desde luego, arriba mencioné la gráfica y el diseño: la fotografía y el diseño coadyuvan a la calidad integral de un reportaje, pero no salvan en última instancia la calidad del enunciado escrito que suele ser el principal. Fotos creadoras, diseño atractivo, en un enunciado falto de interés, de técnica y de estilo no lo eximen de ser él mismo una propuesta poco plausible.

Desde el punto de vista formal, ¿qué ventajas le aporta a los textos periodísticos la combinación de las diferentes formas elocutivas?

Todas las ventajas. La historia que narra un reportaje, la opinión sostenida en un comentario, las revelaciones difundidas en una entrevista, se concretan en el molde de la técnica y del estilo, suponiendo que el trabajo de campo, también importante, haya sido profundo en su indagatoria, porque sin preguntas inteligentes, sin búsqueda incisiva, sin el uso de la dialéctica en la investigación, un reportaje puede quedar trunco.

¿Hasta qué punto resulta permisible utilizar estos recursos artístico-literarios sin desvirtuar la esencia del periodismo?

El periodismo tiene su instrumental propio: su corpus técnico y estilístico obligatorio y opcional como formación estilística de trabajo. Pero a diferencia de otras formaciones estilísticas de trabajo, como la forense, la comercial, la académica, la del periodismo tiene vínculos muy estrechos con la formación estilística de creación, es decir, con la literatura. Tendremos que admitir que entre ambas existe una mutua relación constructiva. Se hacen préstamos. Yo diría, incluso, que el periodismo tiene un pie en su estilo y lenguaje y otro en la literatura. Porque ¿cómo usted podrá interesar, gustar si no usa elementos que además de informar, produzcan placer estético? ¿Puede escribirse una crónica sin emoción, sin lenguaje lírico, sin imágenes? ¿Puede escribirse un reportaje sin estructurarlo a lo largo de un eje de interés que incluya también cierta tensión dramática? No digo que en todos los géneros haya que utilizar recursos de la narrativa literaria, pero en algunos, como el reportaje, la crónica, el artículo, la entrevista, cuanto más alto sea el empleo de las técnicas y el estilo literarios, más eficaz será el periodismo: ¿por qué, si no, todavía recordamos a Terremoto en Charleston, de Martí; o El diario del año de la peste, de Defoe; o Relato de un náufrago, de García Márquez; o Realengo 18 y Presidio Modelo de Pablo de la Torriente; u Operación masacre, de Rodolfo Wall; o los reportajes de Gente de pueblo, de Onelio Jorge Cardoso; o Los fantasmas de Omaja, de Jaime Sarusky; o La guerra en Angola, de Kapuscinski…?

Claro, a veces el espacio impide que uno escriba obras maestras, pero aun en 60 líneas se puede construir un relato extraordinario. Como dice Kapuscinski, el periodismo a veces se queda corto; es insuficiente, y por ello tiene que ir a la literatura de no ficción

¿En qué medida son excluyentes en los reportajes el dato trascendente y la búsqueda de la originalidad y la amenidad a través de las formas elocutivas?

No son excluyentes. Más bien, han de ser incluyentes, si queremos avanzar hacia un periodismo más creador, contundente, atractivo, sugestivo y gustado. ¿Considera acertado circunscribirnos para el análisis solo en los siguientes valores-noticia: Importancia: Desde la perspectiva de la proximidad geográfica y cultural, interés humano, relevancia , novedad?

 Si vamos a valorar la calidad general de un enunciado, además de esos valores habría que tener en cuenta los valores psicológicos de la noticia. Pero, creo, que desde el punto de vista de la apreciación de la noticia, de sus condicionamientos, esos valores son suficientes. Pero, creo, además, que tendrá que tenerse en cuenta qué hace falta escribir, difundir; hemos de hacernos esa pregunta todos los días, porque a veces esos valores que enumeras no bastan para responder a las necesidades de la gente. Me parece que entre los defectos de la prensa cubana –no importa quién sea el responsable -está el no tener en cuenta los intereses de los lectores.



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EL HECHIZO DE LA HABANA

Por Luis Sexto

Llegué a La Habana al atardecer. Desde el primer viaje consciente, con apenas nueve años, nunca más había visto los arrabales de la capital cuando el tren aminora su velocidad, y se detiene, y empieza a rodar nuevamente como en un jadeo, y vuelve a frenar bruscamente, y pita, y por su lado pasan en carrera contraria máquinas y vagones, y se ve la bahía desde el fondo en cuyas aguas el sol ya casi no se espejea a causa del petróleo y los desperdicios que naufragan amordazando de negro lo que decenios atrás fue pozo de transparencia. Detecté el olor único e indestructible, mezcla de mariscos, pescado, gas, basura descompuesta, que se adelantaba a los ojos de quienes arribaban a la ciudad por barco o por ferrocarril; La Habana penetraba, sorprendía primeramente por la nariz, en la atomizada bienvenida de sus efluvios más profundos provenientes de los intestinos de la bahía y el barrio industrial de Luyanó.

A la ida, la oscuridad solo me había permitido ver luces que pasaban cada vez más aceleradamente, como referencias de la velocidad del coche autopropulsado, bólido de plata que se ingería en la campiña –ah, la imagen de Santos Chocano- al pasar la villa de Guanabacoa. Ahora, subiendo la rampa por cuyos carriles el tren se eleva, el paisaje urbano surgido de abajo hacia arriba me abordaba los ojos ofreciendo la mezcla sin concierto y la contradicción temeraria, inconsciente. Asentí ante aquella visión multiforme y ambivalente: La Habana, en efecto, se originó en la contradicción. Ni aun el elogio de cuantos la visitaron en el siglo XIX, época de esplendor, esquivó ese destino que unce la ciudad a lo paradójico Y entre adjetivos de bella, plástica, incomparable, animada, bulliciosa, o títulos de émula de París y Londres, paño de lágrimas, las impresiones extranjeras anotaron que La Habana era festival de la muerte, asamblea de malos olores, puerto carísimo para comer e incómodo para dormir, donde se encontraba mucho de sorprendente y poco de admirable.

El viajero entonces desembarcaba en una villa donde la abundancia del dinero y del lujo lo impactaba, y luego topaba con la fiebre amarilla o el cólera anidados en basureros y charcos; o en medio de la exquisita confusión de casas y edificios pintados de amarillo, verde, azul, contrastando con las luces y la sombras, tenía que “saber maromas” para andar por las escuetas aceras de intramuros; o seguro de que había llegado a un puerto de los de más alta civilización, debía pernoctar en el buque, pues no conseguía albergue en tierra, y en otros momentos no hallaba hotel montado a la europea para estar en compañía del confort. O no había agua. Porque ubicada tentativamente en dos sitios previos, en el sur y en el norte, se asentó la tercera vez junto a una bahía de bolsa, con un angosto canal de acceso, refugio providencial contra huracanes y propicia a las opciones defensivas de la ciudad, pero sin fuentes de abasto.

Quizás en ese revoltijo de contradicciones radica el hechizo de La Habana. En esa presencia impresentable, en ese abigarrado desorden, depositó su dechado de seducción. O se cobijó en sus habitantes, contradictorios también, indisciplinados desde los días liminares de la villa. Eran, según las quejas de los gobernadores, opuestos a cuanto se les mandaba y tan modelados a su arbitrio que todo costaba no poca dificultad. Gente por lo demás amorosa y hospitalaria, capaz de partirse en reverencias de cumplimientos, pero irrespetuosa hasta humedecer con sus escupitajos cualquier conversación y virar al revés el estómago de su interlocutor. Gente denodada para defender su ciudad del pirata o del corsario, y a la vez remolona para cumplir la vigilancia miliciana en las costas.

La Habana no se ciñó a nacer y progresar entre la paradoja. Trasmitió esa circunstancia a las sucesivas imágenes que de sí misma fueron forjándose en el hilo de los siglos. Haciéndose distinta continuó igual; se guardó fidelidad como en un matrimonio de un solo miembro. Y por ello para entenderla y explicarla, uno precisa leer en ruta inversa: del hoy al ayer. Sus problemas básicos no cuentan 30, ni 50, ni 100 años. El solar, la ciudadela, la periferia de cinc y cartón, el hacinamiento se multiplicaron por el imán infinito de la tradición cuando, luego de desaparecer la esclavitud, los recién entrenados proletarios negros asumieron a La Habana como la regenadora de las injusticias y angustias vitales que los habían bestializado. Y La Habana, que nunca construyó para la masividad, ni creó abasto propio, continuó recibiendo como a través de un viaducto promisorio, el éxodo provinciano en una república rutilante en su cabeza y opaca en el resto del cuerpo. Porque para el cubano, la capital no ha sido la urbe de las paradojas, sino la ciudad de las esperanzas…



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GABRIELA, PROSA Y FLOR

Por Luis Sexto

No me atrevo a estimar cuánto los lectores cubanos, en particular, la gente de letras, le debemos a Esteban Llorach Ramos, nacido en Matanzas en 1950. Pronuncio su nombre, y enseguida me representó a un personaje severo en su oficio de editor y cordial en su modo de juzgar y tratar a sus semejantes. Coincido con Kapuscinski en que ni el periodista, como dijo el acatado periodista polaco, ni los que se dedican a acrecentar la cultura de mil formas, podrían sobresalir si no fueran buenas personas. Buena persona, podría ser el más apetecido epitafio de cuantos transitamos por este mundo. Para Esteban Llorach Ramos no quiero que sea su título póstumo. Lo quiero para ahora, vivo: buena persona y editor creativo, de esos que se convierten en coautores de los libros que revisan y corrigen.

Pues bien, entre los méritos de Esteban Llorach Ramos –esos que le merecieron el Premio Nacional de Edición en 2003 por la obra de toda la vida- hay que alinear la selección, edición, prólogo y cronología –cronología que encarezco por exhaustiva y documentada- de la poesía y la prosa de Gabriela Mistral, para la Editorial Gente Nueva, es decir, para niños, adolescentes, jóvenes. En  Gabriela Mistral, la herida abierta, que se así se titula el libro, me parece que son los jóvenes los afortunados, aunque los viejos, como este comentador, podrán  al leerlo engordar unas onzas o unas libras en su cultura y en su eterno aprendizaje.

Gabriela Mistral, la herida abierta, ofrece una selección muy atinada de los  poemas de la Mistral. Y además presenta una colección de prosa mucho más acuciosa, pues por componer textos poco comunes, uno supone la perseverante y fatigosa búsqueda del compilador. No voy a repetir cada poema, cada enunciado, cada asunto. Solo  voy a convocar a leer, a leer para aprender a escribir prosa clara, pero trabada con los hilos de acero de los valores del estilo. Presentes, hasta en una carta personal, están la claridad, la concisión, el interés, y el toque celestial de quien escribe para que el lector sienta la caricia de una prosa como con sabor a cobre, por recia, pero injertada, por tierna, en caña de azúcar.

Debo, quizás, añadir algo sobre Gabriela, además de cuanto escribe Esteban Llorach Ramos  en el prólogo de este libro. Cuando Gabriela Mistral murió, el día de su deceso debió de oscurecerse el cielo de América Latina. Moría, según el poeta Eliseo Diego,  la mujer que estas tierras esperaron durante 400 años. Desde Sor Juana Inés de la Cruz, en el siglo XVI, la literatura de la América que está debajo de la del Norte, y es diversa y única en sí misma, y distinta a la que habla el inglés práctico del confort, no había contado con una poetisa tan universalmente femenina.

Gabriela, sin embargo, trasciende, supera a Sor Juana Inés en la ternura. Si la lucha de Juana de Asbaje -velada con un seudónimo como rito oficial para distanciarse simbólicamente de la dama  anterior a su ingreso en el convento- fue por establecer el valimiento intelectual de la mujer en tan temprana época,  la maestra chilena del siglo XX levantó, en cambio,  el emblema de la ternura; ternura que en ella, de acuerdo con Pablo Neruda, otro seudónimo liberador, se transparentaba  como “una sonrisa de harina en su cara de pan moreno”.

Muchos de cuantos la juzgan quieren ver en la autora de Desolación, por ello,  a “una enemiga de lo intelectual”; a una intuitiva extrema que despreciaba el esfuerzo consciente del pensamiento. Pero, tengo que admitir, aun entre paradojas, que fue una intelectual de pulsaciones ardientes. Su obra, ganadora del premio Nobel,  es una prueba y un molde de conocimiento técnico de  la literatura, de dominio cultural del idioma. Habrá que leer su folleto sobre la lengua de José Martí. Y  palparemos las sugestiones más impulsivas envueltas en el rigor del saber y de la información. Doblemente interesante es ese librito, que fue al principio una conferencia y después ha sido la conjunción del águila y la serpiente en las cumbres nevadas de los Andes: empalme del que vuelta y del que repta, esto es, del genio y del trabajo. Juntos ambos, como personalidades inmanentes desde cuya altura el mundo se aprecia azul y blanco.

Para ella, como para Martí, la inteligencia solo era valiosa si servía para expresar lo más humano de la vida. Y por esa causa odió el brillo de la literatura sin savia de emoción y ternura. Entre sus insultos predilectos figuraba este más de una vez dicho con suavidad a algún erudito presuntuoso: “Estás podrido de inteligencia”. Ella, contradictoriamente, estaba compuesta de inteligencia, pero de fibras de intelecto sensible y apasionado en el que la razón atendía en prioridad las aparentes sinrazones humanas y luego lo formal y lo práctico.

Fue, por todo, la cantora de la ternura –así, incluso tituló uno de sus poemarios, Ternura-. Su poesía, aun la que impreca y maldice, la escribió con “dulcedumbre de madre para el hijo dormido”, como reza uno de sus “sonetos a la muerte”. Y madre fue para los niños de la guerra civil española. Y como madre inquieta actuó para los pueblos de América Latina, solidarizándose con la épica guerrillero de Sandino en Nicaragua.

Ahora Esteban Llorach Ramos nos da la ocasión de familiarizarnos con Gabriela Mistral, nombre de un ángel judeocristiano y apellido tomado del viento que sopla desde África hacia el valle del Ródano. Agradezcamos que haya existido Gabriela y que existan hombres de cultura, como Esteban Llorach Ramos, que cada día se preocupen y se doblen sobre los archivos y los originales para suministrarnos el pan que no sacia, sino suscita más apetito, más hambre dichosa de cultura.



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PROBLEMAS DE ESCRITOR

Por Luis Sexto

 Poetas y narradores, o algún periodista, pueden convertir un poema, un cuento, o un artículo, un reportaje, una crónica en la cápsula de la primera página de un libro. Un libro que se empieza a escribir si el cosmos de alguna de sus semillas es lo suficiente denso como para que el libro intente acumularse a base de una ley de gravitación entre la unidad y el conjunto. A esa inclinación hacia la trascendencia  llamamos vocación de escribir “obra durable de sí”, como decían en el XVI los primeros ensayistas españoles.

El libro promete la perdurabilidad. Al presillarse en volumen, parece tener la espalda ancha o dura como para soportar agravios, incendios, migraciones, y la saña de la ignorancia o la indiferencia. Durante algo más de un año he registrado el devenir de uno de mis libritos de poemas -Con luz en la ventana-en una librería de la capital. Cada semana he visto, poco a poco, disminuir aquella inicial ringlera de por lo menos más de cien ejemplares muy reducidos  en su paginación, sin un kilogramo de más, peso apropiado para un poemario. Resultó una comprobación dolorosa, ejecución sumaria  de la vanidad, que en lo más soterrado de mi interior no  es sino ansioso persistir en la justificación de  mi existencia.  Aunque entre un periodo y el siguiente no notara diferencia, permanecía tranquilo. Es un libro, me decía; estará en ese sitio invitando al lector, provocándolo con la hechura de obra humana. Qué poetizará este, se interrogaría un tanto despectivamente un presunto comprador mientras juzga el nombre del autor de los versos. Por ello, el mejor libro es el escrito y publicado.

Ahora bien, yo no sé escribir un libro. Nunca aprendí, si aprender no supone un leer y ponerse en ósmosis con el autor, aceptando o cuestionando sus códigos, sus estrategias en el proceso de relacionar las cuartillas de la primera en adelante. Leer con intenciones de usurpar la  técnica ajena,  lo he practicado desde la adolescencia. Aún repito como propios aquellos versos de un poeta colombiano -de nombre extraviado- cuando refiriéndose al personaje evocado en el poema, logró este hallazgo, irrepetible en letras, aunque sí deseado como fórmula para el acierto de los aprendices: “…Tenía la ancha sonrisa del maíz”.

La estadística es intuitiva, presumible: Hoy se escriben más libros que los que se publican. Por lo que uno conoce, muchos de los que no se publican están justamente relegados: no son libros. Algunos de los publicados, tampoco son libros, y otros mereciéndolo permanecen en la inedia. Pero, quién se mete a juzgar las opiniones o los intereses de editoriales y editores. Ahora bien, me interesa enfatizar en la moda de escribir libros. Al parecer, innumerables personas se creen aptas para inventar una historia y contarla, o contar los episodios de su vida… Unos aciertan, y otros se quedan entre la realidad y el deseo, dualidad que tomo de Luis Cernuda.

Advierto, no me voy a meter con los escritores o con los que pretendan serlo. Yo también me he propuesto ser escritor y por tanto he de ser respetuoso con los que aspiran a quedarse en las páginas de un libro. Me interesa, en cambio, exponer algunas ideas de la actitud propia de cuantos se proponen escribir. Estoy convencido que si un libro no remueve y conmueve, para qué se ha de componer. Y por lo demás, tengo muy grabado en mi vocación literaria que un libro ha de estar lleno de vida, de original percepción del hombre y su circunstancia. Ello es lo principal. Si sobra eso,  la verdad del vivir, quizás la técnica por avanzada que resulte sea un valor finito, es decir, caduco.

Tal vez deba arrepentirme de haber publicado algo sin vida o sin interés. Y mi promesa cada día es convencerme que no escribo para darme gusto, sino para dar gusto a los lectores. Muy cerca de mí lugar de trabajo, conservo un papelito, la copia de un párrafo del escritor soviético, entonces soviético, Yuri Bondarev. Me parece que nunca he leído una definición más exacta e inteligente sobre el libro. Dice Bondarev: “Crear un valor espiritual –un libro- no es quehacer ocioso, ni juego de imaginación antojadiza, ni gracia de burla juguetona. Es una grave tensión diaria, una lenta y apasionada confesión de hombre a hombre, una confesión hasta el último aliento”.

Y a pesar de mi apego a la forma, tengo cerca otro papelito, esta vez del filósofo Hegel, que dice: Es el contenido el que decide, en el arte así como en todas las obras humanas. Pero, no nos obnubilemos ante el monumental filósofo. El concepto decide si sobrevive a la encarnizada dialéctica con la forma. Y ello es lo verdaderamente decisivo cuando uno acepta la tentación de escribir un libro y se echa durante meses una angustia más. O, como sugería el poeta mexicano Jaime Sabines, se enfrenta a una promesa más y termina en el vacío.



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IDEA DE UNA CATÁSTROFE ANUNCIADA

Por Luis Sexto

Luis Cardoza y Aragón me susurró un código, un secreto en su libro  Guatemala, las líneas de su mano. La Casa de las Américas lo publicó  en 1968 en la colección Literatura latinoamericana. Y quedé con nostalgia de la nostalgia que Cardoza y Aragón dejó en esas páginas. Más que historia y geografía guatemaltecas, ese libro me reveló los ingredientes y la técnica de la escritura  en la limpia intuición de palabras aptas para permearse de  la humedad del hombre que regresa.

Desde entonces irse sin certeza de volver puede ser desgarrador, pero de no suceder la vuelta al punto de partida, uno navegaría al pairo y entre la niebla del alma sola,  como si arrastrara una isla del Diablo en el recuerdo.  Cardoza, recién llegado del exilio en México, y antes de cualquier otro asunto de la revolución que le había liberado el retorno, tocó a la puerta de su casa familiar y resumió el instante con las palabras más intensas y económicas que puedan allegarse sobre el papel: “Si no hubiese vivido esos instantes indecibles de Antigua, en la casa de mis padres, hubiera perdido lo mejor de mi vida”. Y así purificado con el cocimiento envejecido de aquellas raíces, en la página siguiente comenzó a escribir sobre su patria.

Cuántas veces, desde los ya difusos momentos del aprendizaje hasta hoy, etapa de nuevos aprendizajes, he reflexionado acerca del oficio de lector y de escritor, tan imbricados. La universidad, los manuales,  la conversación con amigos o maestros sabios, van conformando una práctica, a veces afincada teóricamente en fórmulas. Sin embargo, las respuestas más válidas las he oído en la lectura. El propio Cardoza y Aragón me sugirió con Guatemala, las líneas de sus manos que si un escritor -escritor, no redactor- se adscribe primordialmente al propósito de ser comprendido, quizás pierda la conquista suprema: ser leído. Porque uno se ha dado cuenta, en tantos libros ajenos, que leer es más que comprender, es más que aprender o aprehender, es, sobre todo, sentir y pensar con el sentimiento y el intelecto del autor. Hablamos, desde luego, de la literatura creativa, en la que cabe también un libro como el que he citado de Cardoza y Aragón. Porque, aparte de cuanto haya de verdad histórica y sociológica, en ese texto predomina el gusto por organizar las palabras sobre un lecho de humedad poética, de modo que el lector vaya equilibrando la adquisición de conocimientos y la confrontación de criterios propia del ensayo con las sensaciones placenteras y emocionalmente constructivas de lo artístico.   

Ahora bien, la lectura parece recular. Me refiero a la lectura sólida, ardua, la que el lector establece un careo con el autor de un libro, y le responde a subrayando, cifrando los valores mediante rayas, rayuelas, asteriscos, signos de admiración o signos interrogadores, o notas atrevidas, o ideas que se empalman con ideas del libro, como si el lector resbalara en un movimiento inspirado. Y si en efecto las estadísticas tocan las trompas de la alarma ante un hábito que recula en las casillas por edades, y si, como ocurre  en España, el lector de libros se aglutina en las personas  de 40 años hacia arriba, habrá, pues, que suponer  que de 40 para abajo puede ser que el lector sea el consumidor de baratijas que ofrece la Internet envueltas en el atractivo de la simpleza, o de la sexomanía, o de la posibilidad de modificar  libremente un libro a la manera del internauta, para que leyera no lo que dice, sino lo que me parece que dice o lo que me gustaría que dijera.

¿Cuál habrá de ser nuestra actitud? ¿Oponernos al desarrollo de la Internet, o  alejarnos cultural y físicamente, antes de aceptar los inconvenientes de lo nuevo para disponer de sus ventajas?

Este articulista recomendaría, como reacción, empezar a meditar sobre el libro e invocar su futuro. Unos lo creen viviendo sus últimos días, al menos en papel, sin que las polillas intervengan en la ruina de esa fruición, el acabamiento de esa ligadura casi erótica con la hoja blanca –y aseguro que no hay discriminación cromática: pudiera ser hoja negra con letras blancas- entre las manos que la acarician como piel de visón o cola de  zorra. Pero al hablar con tanta seguridad sobre el pretenso destino fatal  del libro, es porque conocemos el contendiente de hoy. Y si como ayer nos alarmamos ante la invención consecutiva de la radio y la televisión, hoy nos inquietamos ante la Internet y los ordenadores. Sin embargo, a mi modo de ver, los medios digitales, tras el período febril, convivirán con el libro como llegaron a convivir con la radio y la televisión. Pero si uno se acostumbra a leer libros que se convierten en un  puré que el lector no tenga que masticar, porque ya ha sido macerado en la simplificación, será pues muy poco probable  que las nuevas generaciones gusten de leer libros basados en la sugerencia o fundados sobre una base de referencias que el escritor supone  por sabidas y por ello las omite para concentrarse en la esencia de su texto.  

Me inclino a creer que el único riesgo del libro impreso, sea de poemas, cuentos, novelas, o de filosofía, sociología, política, hasta de cocina, el único riesgo que amenaza al libro impreso es que los lectores disminuyan, porque no quieran  o no sepan leer. En efecto, leer, como repiten los expertos, no es saber identificar los signos, las palabras, sino saber asociar para interpretar la lectura. La lectura que interpreta necesita, por supuesto, de un mundo de referencias culturales que no sólo se adquieren en la escuela y la universidad, sino también en la lectura sistemática.

Desde luego, leer es un hábito que se forma en edad muy temprana.  Alejo Carpentier, que demanda lectores aptos, capaces de aceptar no solo el contenido, la peripecia de un libro, sino capaz de disfrutar la elaboración estética, poética del idioma; Alejo Carpentier decía, pues, que a los niños no se les debía dar libros luego de haber aprendido a leer en la primaria, sino desde las primeras edades. Aún en brazos, especificaba, era recomendable leerles libros infantiles, así el párvulo aprendía a relacionar el libro que le leían con el cuento que oralmente le contaban.

¿Soy catastrofista? ¿Aviso de la cercanía de un lobo inexistente? Posiblemente estas líneas no merezcan atención. Pero tengamos en cuenta que si la lectura del libro impreso declina, el riesgo mayor no será que desaparezca esa experiencia insustituible de palpar el papel, de anotarlo, tacharlo, subrayarlo en una lectura que derive en diálogo.  El riesgo mayor podría estar en que la cultura y el idioma se extingan. Al menos, para protegerme, aún conservo y releo  el libro de Cardoza y Aragón… Y algunos más.



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LA SOLEDAD DEL FARAÓN

Por Luis Sexto

Carta de amor a Tut -Ank - Amen es un poema en prosa que comenzó siendo  página simpar de un diario juvenil,  y cuya contención lírica podría significar la definición estilística de Dulce María Loynaz: verbalmente estoica, afiliada a una medida que represa  el desbordamiento y le facilita  el discurrir por las profundidades. Dirigida a un  faraón fenecido casi en la adolescencia,  esta Carta fluye durante  un viaje  de la poetisa por Egipto y otros lugares de esas tierras,  de cultura tan antigua, que parecen sobrevivir en el misterio.

Dificílmente, a pesar de sus 26 años y un doctorado en la Universidad de La Habana, Dulce María podía evitar conmoverse ante el sarcófago múltiple del joven faraón. La acompañaba el don familiar de la sensibilidad. En la casa paterna, su padre, el General Enrique Loynaz del Castillo, y sus hermanos Flor, Enrique y Carlos Manuel también mostraban en la mirada la claridad neblinosa de la poesía. Tal vez la genética no sea decisiva en lo concerniente a la gracia poética. Más bien pudo haber influido primordialmente la atmósfera culta del hogar, el cuidado del espíritu.   Y al regresar al hotel escribió este poema lírico en prosa -anotación rutinaria en la libreta de viaje- que aún reclama la vigencia gracias a la finura de la composición y lo maduro del impulso. El  español Antonio Oliver Belmás, poeta y experto crítico de la obra de Rubén Darío, subrayó en el prólogo del cuadernito, publicado en 1953, que con esta Carta la poetisa hubiera merecido que el joven Tut -Ank -Amen resucitara.

Qué pasaba por el corazón de la muchacha. ¿Podremos intuir qué grado de intensidad experimentaban sus temblores, sus vacíos para atreverse a rodar las piedras,  aventar las arenas de los siglos y dirigirse a un monarca egipcio fallecido a deshora? Dulce María, ya tan sagaz y tan sincera como en su madurez, se percató entonces  que escribía cosas como de loca. Se dirige al joven rey: “Déjame decirte estas locuras que acaso nunca te dijo nadie, déjame decírtelas en esta soledad de mi cuarto de hotel, en esta frialdad de las paredes compartidas con extraños, más frías que las paredes de la tumba que no quisiste compartir con nadie.” Antes le ha dicho: “Por esos ojos tuyos que yo no podría entreabrir con mis besos, daría a quien los quisiera, estos ojos míos ávidos de paisajes, ladrones de tu cielo, amos del sol del mundo.”  Y más adelante: “Pienso que tus cabellos serían lacios como la lluvia que cae de noche… Y pienso que por tus cabellos, por tus palomas y por tus 19 años tan cerca de la muerte, yo hubiera sido lo que ya no seré nunca: un poco de amor”.

Aunque Carta de Amor a Tut -Ank -Amen se publicó 24 años después de haber sido compuesta, uno reconoce que en lo circunstancial de este texto,  además de los valores formales como la sobriedad y un discurrir sin apenas hacerse notar, ya estaban los valores internos de los poemas con que Dulce María alcanzará  su crédito como una voz recia y delicada a la vez. En este poema se aprecia la soledad, la frustración,  la ternura desasida y la contenida pasión de un Eros que se transforma en maternidad: Así –le dice al faraón dormido- te hubiera recostado yo sobre mi pecho, como un niño enfermo.

Dulce María Loynaz (1902-1997)  escribió varios libros de poemas. Entre otros -y cito los primeros-  Versos, Juegos del agua y Poemas sin nombre.  Este último en prosa. Y es en la prosa poemática, cuando el verso se desprende del maquillaje métrico y de la música exterior de la rima, donde la poetisa logra, a mi modo de ver, su mayor hondura. No me refiero, sea advertido, a su prosa novelística, en la cual ejerce también la poetisa;  sino la prosa en que cuajan las ideas poéticas con calidad y libertad irrepetibles. A mi parecer, pues, su libro superior es Poemas sin nombre. Un libro amor. Un libro filosofía. Un libro desolación. Un libro sueño. Quizá me sea permitido repetir un título de César Vallejo: Poemas humanos, generalmente breves, en que conviven lo erótico, lo bíblico, lo religioso, lo cotidiano, lo lírico.

Esta es una muestra: “Estoy doblada sobre tu recuerdo como la mujer que vi esta tarde lavando en el río. Horas y horas de rodillas, doblada por la cintura  sobre este río negro de tu ausencia.” En otra página escribe: “Hasta en tu modo de olvidar hay algo bello. Creía yo que todo olvido era sombra; pero tu olvido es luz, se siente como una viva luz… ¡Tu olvido es la alborada borrando las estrellas!”

En Poemas sin nombre se esconde el evidente secreto de la estética que ha dado perennidad a la poesía de Dulce María Loynaz. El poema 105 lo revela: “Esta palabra mía sufre de la escriban, de que le ciñan cuerpo y servidumbre. He de luchar con ella siempre, como Jacob con su arcángel; y algunas veces la doblego, pero otras muchas es ella quien me derriba de un alazo”. En doblegar la palabra martirizándola con la afilada conciencia del estilo o negociando con sus probables desvíos y anuencias, en eso, en doblegar la palabra, consiste la faena del poeta en la arena solitaria de la experiencia poética. Y Dulce María logró que su poesía venciera el desafío de todo canto: permanecer. Y Aunque por mucho tiempo la autora se mantuvo exclusivamente en los límites de su casona familiar, sus poemas reclamaban la prsencia nunca perdida, viviendo existencia propia y acusando con la ternura o el desgarramiento la personalidad que los creó.

Entre La carta de amor a Tut-Ank-Amen y Poemas sin nombre, se mece  un sutil hilo de comunicación que sostiene la coherencia de esta mujer signada por la plenitud del vacío.



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EL POETA, LOS OJOS, LOS OÍDOS

Por Luis Sexto

El español Juan Ramón Jiménez, nombre común en un poeta sin fondo, decía que más que definir la poesía, prefería sentirla. Ese es el don supremo: sentir la poesía. Tanto para leerla como para escribirla hay que sentir esa corriente interior que nadie sabe en qué consiste, pero que se percibe cuando uno la lee o la oye o la escribe. Tal vez  para determinar qué es la verdadera poesía -siempre en un tanteo inconcluso, como asegura Cintio Vitier-, hace falta que el poeta pueda suscitar en el que lee u oye, la emoción que el bardo sintió en su solitario oficio.

Siguiendo esta indagatoria, quizás sea una decisión caprichosa, arbitraria, proponerse definir la poesía o la obra de un poeta desde la plástica. Porque uno tendrá que partir preguntándose si los ojos son primordiales en el poeta. Y al leer El cielo de tu boca, último libro de Luis Lorente he de aceptar que en este poeta el sentido más aguzado es la vista. Lorente  es, por tanto, un poeta del mirar. Sus poemas son como óleos y acuarelas, figurativos cuadros de la vida cotidiana donde el poeta saca los brazos  desde las aguas verdiazules u oscuras de unos ojos, los suyos o los ajenos.

¿Pero es solo la visualidad lo que distingue a Lorente? Un ser humano solo con ojos puede andar, pero un poeta con ojos y sin oídos  no debiera caminar mucho entre la luz y el sonido de la esfera poética. Corrijamos, por tanto,  la percepción primera y digamos que si Luis Lorente compone sus poemas como pintando,  también los escribe como si los oyera en un pentagrama. Es decir, los poemas de El cielo de tu boca, como de los anteriores libros – Más horribles que yo, Esta tarde llegando la noche, o la reciente antología titulada Fábula lluvia – suenan, incluso bailan, en el verso libre, aparentemente libre, o en el poema polimétrico, o en la forma del soneto, catorce versos en que este autor sobresale con especial distinción.

Lorente conoce la raíz de la poesía: la magia, el exorcismo  y la armonía. Sus  poemas son cuadros con sonido y ritmo, color y musicalidad que conducen al lector a través de historias plenas de añoranzas, fantasmal  exaltación de lo vivido y sobre todo de lo visto. No por descuido, en  El cielo de tu boca se repiten palabras como ojos, miraluz, noche, penumbraEliseo Diego también repetía algunas-  es decir, términos cargados del sentido de lo que se vive nuevamente viéndolo en la evocación brumosa y a la vez iluminada del poema. Tal vez deba ilustrar mi opinión. Por ejemplo, veamos estos versos: “En un sillón de mimbre que Rosario/ heredara de su abuela, las patas como brazos/cruzados sobre el pecho, con altivez, el perro/ posa, sabiendo que disfruta de holgados privilegios/ y aspira los olores del mundo en bancarrota/alzando  la nariz profusa y aguileña”.  Evidentemente, un retrato, una descripción pictórica e historiada en que  el poeta renuncia a la síntesis conceptual.

El lector encontrará en  El cielo de tu boca un mundo habitual. El mundo del hombre que vive, y ve y oye el peso de la vida que termina o se frustra y lo lamenta muy sugestivamente al decir:  “No conspira mi voz estrangulada/ por un vuelo de cuervos en acecho, / sus demencias persisten en el techo, / no han saciado su sed desaforada. Una flecha de cuervos trasnochada/ con desprecio me hiere todo el pecho, / toman mi sangre y comen mi deshecho, / antes de huir en flecha avergonzada. / Los cuervos no sabrán nunca qué han hecho. / si por fin me arruinaron la mirada/ y mi camino es un camino estrecho/ donde no clamará mi voz callada/ que perdió desde anoche su derecho,/ recuperar su vida abandonada…”

Repito: la lectura de ese libro no se entrega sumisamente por la vista, aunque le sea consustancial; precisa también de los oídos. Y vuelvo a plantarme sobre criterios anteriores. Luis Lorente es uno de los poetas que, en Cuba, esquiva la tendencia a picar líneas de prosa para travestirlas en renglones cortos, como sucedáneos de versos que solo suenan con la opacidad del falso metal, pues les falta a muchos la cadencia, esa singularidad poética que a veces, según Borges,  influye más en la atmósfera de un poema que la propia palabra.  Lorente, pues, acompaña sus figuraciones con ritmo de paso fino y aire musical, en un orden acompasado inherente a la poesía desde cuando solo era magia, fuerza productiva que, según Thompson, facilitaba a los antiguos acometer el trabajo con ahínco.

Mi contacto subjetivo con los poemas de Luis Lorente, me sugiere que en cada uno de esos versos yo hallo también mi alma estremecida por la aventura de un hombre que, al escribir, también tiene en cuenta los sentimientos del otro. Y consecuentemente noto en estos poemas el latido de lo más humano, descarnado, sincero del hombre. Del hombre en su desamparo existencial, del hombre en la incertidumbre de la hora, bajo las rachas del ciclón, del hombre que convoca la poesía para hallarle un sentido a la vida, ante los temas más recurrentes del poeta: la muerte, la despedida, el amor, la nostalgia.

En su antología titulada Fábula lluvia pulsamos también los valores visuales,  “Yo vi cómo los años caían una noche/ sobre ti, sobre mí, sobre los techos/ que fulminan las aguas, sin precaución, / sobre la faz del breve mundo nuestro.” ¿No está dibujado en esa estrofa el tema de los temas: la sensación de pérdida y ausencia que, decía  Papini, engrandece y justifica al poeta?  Hemos pues de temblar internamente cuando el poeta reconoce que “el tiempo hizo contigo y de mí una idea/ que cuando cae la noche se desvanece.”

Díganme, pues, si no sentimos en ese código la propia experiencia, la propia desazón, aunque sin poder trasladarla a un verso afortunado. Dichosos si podemos descubrirla y degustarla en la cómplice comunión de la lectura cuando se juntan luces, colores, sonidos y emoción.



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CHÁVEZ, EVO, CORREA: TRES BOLIVARIANOS HABLAN DEL CHE

Por Luis Sexto

La entrevista periodística suele ser un intento de “suicidio”.  En caso de concretarse, correspondería al entrevistador, es decir, al periodista. Y aunque  la  analogía entre el suicidio y el acto  cotidiano de entrevistar en el oficio del periodismo, puede pecar por truculenta o pretendidamente original, he de aclararles que no me mueven afanes tremendistas. Para mí, periodista que se vio en letra de imprenta por primera vez en 1968, la entrevista es el género más difícil, más exigente de este oficio que, según  Hegel ha tenido el privilegio de recitar cada día, en un devocionario llamado periódico,  la  oración matutina del hombre moderno. Puedo decir que el periodismo descansa sobe preguntas y por ende sobre entrevistas. Es obvio. ¿Para cuál  tarea no urgimos los periodistas de preguntar, de tocar puertas -a las que a veces no sale nadie? Es decir, nada entre nosotros los periodistas se resuelve sin preguntar o sin entrevistar. Como tampoco pueden los historiadores y los detectives, entre médicos y abogados, prescindir de las preguntas y las entrevistas.

Pero, como también es obvio, hay una diferencia que convierte al periodista  en un candidato al suicidio, sea dicho  nuevamente entre comillas. Porque cuando una entrevista, al ser publicada resulta fallida, la culpa no recaerá sobre el entrevistado. En todo caso, el personaje que ha merecido una entrevista y no ha sido interpretado, o no reveló datos o emitió opiniones capaces de interesar, si eso sucediera, el entrevistado se convertiría en víctima de una agresión, también entrecomillada. Por tanto, si un entrevistado, a quien creemos merecedor de  ser traducido  mediante preguntas y respuestas lo envolvemos en una imagen desvaída, sin vigor, sin interés, habrá sido porque los periodistas  no supimos preguntar, no supimos hacer lo que Oriana Fallaci, la polémica entrevistadora, dijo en un libro que se convirtió en su testamento periodístico. En ese libro, titulado Oriana Fallaci entrevista a Oriana Falaci, la autora de Entrevistas con la historia aseguró que el secreto de  de ese género de cara a cara  “es llegar al corazón del personaje”.

Ya nos vamos dando cuenta, pues, que si  hacer una entrevista es un río que no todos los periodistas pasamos, presentar un libro de entrevistas ofrece al presentador los mismos riesgos que al entrevistador. Alargarse o equivocarse en sus opiniones. Y por tanto, para no demorar más, he de decir que afortunadamente podré salir por mis pies de este recinto. Porque Félix López ha evadido el “suicidio” y sus entrevistados quedaron incólumes, así, de cuerpo entero, en toda su energía vital y en toda su clarividencia política.  Félix López puede sentirse como su nombre: Feliz. Ha pasado nuevamente esa prueba cotidiana. La ha pasado doblemente. Porque no disminuyo otro peligro para el periodista: que el entrevistado se le imponga. Y en verdad, sea dicho con el mayor de los respetos por las jerarquías políticas, morales e intelectuales de los entrevistados,  yo prefiero entrevistar a un pescador que a un presidente. Los rangos  suelen asustar, y más cuando al rango lo acompaña la jerarquía, y subrayo  la diferencia que Chuchú Martínez, en un libro premiado por Casa de las Américas, dijo que hacía su general Torrijos. El rango da órdenes, a veces sin convencer, y  la jerarquía atrae, hala, convence, porque más que al mando la jerarquía pertenece al orden de lo moral y lo intelectual. Por lo tanto, los tres presidentes bolivarianos que según indica el título de este libro, hablan del Che, tienen la jerarquía como distintivo. La banda presidencial les asigna el rango, pero la vida y la obra y el pensamiento de cada uno de ellos –Chávez, Evo, Correa- les otorga la jerarquía moral  y política como para que cualquier entrevistador se acercara con la prudencia que impone el respeto que uno siente ante lo que estima superior.

El periodista es también un ser humano, débil, vulnerable como cualquier hijo de vecino. Muchos lo respetan, porque cuanto escribe puede resultar una ofensa de segundo grado. Por lo que dice o por lo que no dice, o por lo que dice mal. Pero también a veces  el periodista suele temer a sus entrevistados. Si ustedes supieran, el único hombre  de gobierno que yo entrevisté solo me permitió usar lo que me leyó y yo grabé, después de haber respondido, días antes,  las preguntas en compañía de sus asesores. Respuestas retóricas. Un chasco.  Aquella entrevista me pareció  una ceremonia protocolar. Pero lo mejor vino después, cuando nos quedamos conversando, y la charla derivó hacia los temas de mis preguntas, y yo furtivamente hice una minuta de cuanto decía aquel primer ministro. Si no lo hubiera hecho entones la culpa de mi fracaso hubiera recaído en mi incapacidad, porque aquel personaje estaba respondiendo informalmente a mis demandas, y con ello pude sacar los gastos del viaje. ¿Me sometió a prueba a ver si yo, sin que él se expusiera políticamente, sabía aprovechar el regalo? Me parece que salí airoso, al menos de la entrevista. Pero  no del palacio. Porque  el presidente de la república, que nada tenía que ver con mis afanes periodísticos, porque fui a entrevistar al  primer ministro, como ya dije, el presidente, pues, muy cordialmente  fue a despedirnos a la puerta y me atrajo hacia así para darme un abrazo, y yo, y yo, compañeras y compañeros, le di un pisotón sobre aquellos zapatos que parecían soles bajados a la tierra. Antes de ese, el único pisotón traumático de mi vida había sido el que le di a la muchachita con quien baile, por primera vez, en mi audaz infancia.

Ya por ese camino, nos vamos percatando que el libro que hoy presentamos, eludió todos esos riesgos. Félix López entrevistó a Chávez, Evo y Correa para que hablaran del Che y sus entrevistados fueron tan hondos, tan precisos, tan personales en las respuestas a las preguntas del periodista, que merecen, en términos profesionales, el libro que hoy presentamos.  

He repetido la palabra pregunta y me sirve para reiterar que una entrevista se salva, principalmente, por sus preguntas. Y aunque Félix López llevaba el propósito muy definido de  acarrear información y testimonios relevantes para el documental que filmaba con su equipo, supo provocar, provocar en el sentido positivo de llamar hacia adelante, y facilitar que los tres jefes de Estado hablaran prolijamente de su infancia y de sus relaciones sentimentales e ideológicas con el Che. Estas entrevistas, en este libro titulado Chávez, Evo, Correa: Tres bolivarianos que habla del Che, estas entrevistas caben, digo,  muy justamente en un volumen. No debían perderse, y no se perderán. Una buena entrevista, al menos una entrevista  biográfica, como parecen ser estas de Félix López, han de ser, y son,  una confesión.  Y desde luego, a pesar de todo cuanto he dicho, de acuerdo con mi experiencia, estas entrevistas valen por sus entrevistados. Y Félix López no se sentirá disminuido. Sabe, como periodista inquieto, sabe que no todos los días uno es salvado de la posibilidad del “suicido” profesional por tres personajes de tanta exclusividad, de tanta sabiduría. Tres personajes que establecen el nuevo paradigma de los jefes de Estado en América Latina. Paradigma de virtudes entre las que sobresalen la honradez, la claridad y el compromiso con el pueblo y la historia de nuestras tierras.

(La Habana, 13 de diciembre de 2011)



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ESENCIAS Y APARIENCIAS EN MAÑACH

Por Luis Sexto

Empecé a estimar tempranamente a Jorge Mañach. Tenía unos 18 años. Entré en La Moderna Poesía, entonces con los precios democráticos impuestos por la Revolución, y sobre una de las mesas, un libro de artículos ensayísticos de Mañach, impreso por la Editorial Trópico en 1939: Pasado vigente. El nombre del autor suscitaba en mí la resonancia de alguna previa información periodística o literaria. Lo compré por uno o dos pesos. Había invernado largamente en los almacenes, porque sus pliegos estaban pegados con el sello de lo virginal. Viejo y nuevo a la vez, aun lo conservo. Sucesivas lecturas lo han subrayado, anotado y desencuadernado. Todavía esa prosa fluida, rítmica, conversacional, tramada con tuétano, me gusta y renueva la primera impresión: quien quiera escribir en Cuba, y conocer a Cuba, tendrá que cursar también un noviciado en los libros de Mañach.

Porque no fui su coetáneo, tal vez me suscribí al estilo de Mañach. Incluso, quizás sienta por él alguna compasión: lo observo desde la distancia, mirador cuya visión de fondo ayuda a proscribir el prejuicio. Y me he convencido de que pocos como él experimentaron con tanta lucidez reflexiva y tanto acierto estilístico el nacimiento definitivo de la nación, mediante el parto de la cultura como gestión intensa de las minorías. Y pocos también como él, en su época, sufragaron, con la incomprensión, la búsqueda de las esencias nacionales. Quizás en apariencias asumidas como esencias por cuantos lo han juzgado, Mañach – nacido en el año definitorio de 1898 y muerto en otro con la misma condición de punto de viraje, 1961- hallaría la causa eficiente de su controvertido papel en la historia literaria y política de Cuba. No fue, si pretendemos analizarlo objetivamente, un político a la usanza republicana. Esto es, según la analogía aplicada por Enrique José Varona, no comió en las ollas de un chiquero, a pesar de acogerse a alguna toldería electoral y programática y desempeñar cargos en la administración de la república. Más bien fue político en la medida en que la cultura y la historia componen asideros de la política, estación inevitable en los procesos primordiales de la sociedad.

Vemos, pues, a Mañach, inserto en una realidad personal signada por una contradicción a veces insalvable en sus manifestaciones éticas. Entre su decir y su hacer culebrean las inconsecuencias que, en esa hora de la definición nacional, se convirtieron en traición para cuantos se adscribían a la izquierda de la soga, y en paños tibios para los suscritos a la derecha. Tal vez por la hondura de su indagación en el alma cubana, intentó asumir posiciones ideológicas y políticas más racionales –no obstante su militancia en el ultra ABC-, en una mezcla de denuncia y sujeción, audacia y pusilanimidad.

Ese fue, a mi modo de ver, el drama personal de Mañach. Un drama íntimo y público superdotado de aristas. Consciente de las urgencias y defensor de las ambivalencias. Teórico pugnaz de los males y práctico inhábil de las soluciones. Escritor depurado, vigoroso, plantado en la tradición hispana y, en particular, en la herencia estilística de Martí, y escribía, sin embargo, con tino de vanguardia en un país de analfabetos, en periódicos cuya prosa semejaba mayoritariamente, de acuerdo con Miguel Ángel de la Torre, la caligrafía de un cobrador de cuentas metido a periodista. Por supuesto, Mañach no quiso sustraerse de sus ínfulas de pequeño burgués con refinamientos de aristócrata. Ni renunció a la visión de la democracia occidental vivida durante sus años de estudiante en los Estados Unidos. Y aunque hacia 1933, reconoció el daño que el Norte infería a Cuba, estorbándole el desarrollo con su injerencia multilateral, no preveía otra fórmula, en lo más distante, que el orden norteamericano.

Hombre de equilibrios y evoluciones, conservador de estilo liberal, Mañach actuó posteriormente como la mayor parte de sus colegas en los años de la década del 30. De ellos afirmó que se embarrancaban en los acantilados de La Florida, en “un ademán de avestruz”. Se fue a esperar que “los americanos” resolvieran el conflicto suscitado por la revolución cuya necesidad él mismo previo en sus artículos de el Diario de la Marina, en los meses previos al derrocamiento de la tiranía del general Gerardo Machado. Debo, sin embargo, matizar este juicio. El doctor Gregorio Delgado, historiador de la salud pública cubana, amigo de Mañach, me reveló que el autor de Ensayo sobre el Quijotismo viajo en 1960 a Puerto Rico para impartir un curso en la Universidad de Río Piedras. Allí le diagnosticaron un cáncer en fase avanzada. Quiso regresar para morir en Cuba. Y aunque el entonces presidente Osvaldo Dorticós lo autorizó, aun en medio del enconamiento entre revolución y reacción, su esposa no lo trajo. Hasta incidentes tan personales conspiraron contra el crédito de Mañach.

La apreciación exacta de su salida no estorba que aceptemos que el suyo –su obra y su conducta- es un caso de valentía estimativa, de atrevimiento profético resuelto en la pusilanimidad ejecutiva y en una rigidez ideológica que le impidió comprender las remezones sociales, políticas, culturales que un día le parecieron inevitables. Y llegó hasta ahí: hasta colaborar en hacer ostensibles los males y a convocar su cura. Jamás a participar en el remedio, distinto y opuesto, como sino, a la norma con que el mal (léase dependencia política, injusticia social) podría reformarse para proseguir perpetuándose. A contrapelo de las aprensiones, hay que despojar a Jorge Mañach de sus estigmas. No de las llagas que él mismo se causó, sino de las que sus enemigos políticos le estamparon, con clavos que pretendieron nunca oxidarse. Nunca un despojo será tan legítimo. Porque la cultura cubana, en nombre de la política, no puede seguir prescindiendo del autor de La crisis de la alta cultura. Desde mi pequeñez empecé a reivindicarlo dos o tres años después de su deceso, sin ser consciente aún de estar asumiendo una postura ética de auténtica raíz revolucionaria: aceptar y respetar a todo hombre honrado y toda obra de valores formales y conceptuales, aunque los identificara un lema contrario al mío en lo político o filosófico.

De hecho el proceso de su reivindicación literaria avanza. Martí, el Apóstol, Estampas de San Cristóbal y varios de sus principales ensayos han sido publicados en los últimos diez años en Cuba. Y en las universidades, al menos en las facultades o escuelas de comunicación social ciertos profesores lo muestran como modelo clave. El argumento parece incontestable: Estamos aún aguardando al creador de hoy, al estilista actual, que escriba sobre La Habana o sobre los cubanos y los entresijos de su conciencia, páginas iguales o mejores. ¿Quién puede oponerse? La obra carece de filiación partidista cuando, sobrada de calidad, se aleja del tiempo para estar en todos los tiempos.



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